Empezaste en la música muy, muy pequeña, en un grupo infantil, Las Eléctricas, que además tuvo cierto recorrido. Es algo poco habitual. Echando la vista atrás, ¿cómo ves hoy esa experiencia?
Creo que todo lo de Las Eléctricas me trajo cosas maravillosas. Es cierto que es muy extraño. El recuerdo más cercano que tengo es de cuando era adolescente y me daba muchísima vergüenza que mis compañeros se enterasen de que seguía tocando canciones para niños. A esa edad te da vergüenza absolutamente todo. Supongo que ese es el mayor problema de empezar algo tan joven: cambias muy rápido, no solo porque dejas de ser una niña, sino porque tus gustos cambian. Una semana me gustaba un género y a la siguiente, otro. Pero eso también me enseñó a valorar todas las etapas por las que voy pasando. Sigo siendo muy joven y sigo cambiando de gustos a una velocidad increíble, aunque cada vez menos, y me ayuda a no ser tan dura conmigo misma cuando escucho algo que hice hace un año y siento que ya no soy yo.
Lo más importante, de todas formas, fue tener un aterrizaje en la música muy orgánico. Lo que mejor hizo Mar Álvarez fue enseñarnos que los instrumentos eran nuestros, que eran un juguete más. Es casi la única manera de enseñar a un niño a tocar: decirle “esto es un juguete, pásatelo bien”. Y eso me sigue pasando ahora. Gracias a eso puedo acercarme a
la música de una manera no académica, aunque sea lo que estudio en la universidad. Sigo viendo los instrumentos como algo para tocar, no en el sentido musical, sino de tacto: tenerlos a mano y saber que no hay una manera errónea de tocarlos. Eso también me dio las herramientas para poder meter en mi banda a dos personas como Corte y Ari, que no tenían experiencia previa tocando, e ir enseñándoles lo que necesitaba de ellas para que pudieran tocar conmigo. Al final, siempre he querido darle a mi música darle ese sentido juguetón y divertido que me enseñaron Las Eléctricas.
¿En qué momento dejas el grupo infantil y empiezas a hacer tus propias canciones, primero con tu nombre? ¿Fue algo natural de la edad, tuvo que ver con esa vergüenza adolescente ante lo infantil o sentiste la necesidad de contar en tus canciones lo que te estaba pasando?
Fue un poco de todo eso. Tenía 18 años recién cumplidos, acababa de terminar bachillerato y la EBAU, empezaba la carrera, me rapé la cabeza… Estaba en ese momento vital en el que quieres ser otra persona y dejar de ser una niña de verdad, aunque lo sigas siendo. Y en ese momento dejé la música. Dejé las clases, dejé de tocar, no tenía ninguna banda, nada, después de haber tenido bandas, banduchas, durante la adolescencia. Me metí en Filosofía y a los dos meses me pasó como cuando te cortas el pelo y dices «mierda, ¿por qué he hecho esto?». Fue una especie de añoranza terrible: acababa de decir adiós a cosas a las que en realidad no quería decir adiós. Pero, claro, para entonces todo el mundo lo había dejado, porque la gente se hace mayor y ya no tiene tiempo para tocar.
Fue una necesidad de hacer música, de sacarla al mundo, de volver a experimentar un escenario y de que todo lo que había aprendido estos años no quedase tirado a la basura. De hecho, fue al empezar a tocar otra vez yo sola cuando decidí que también quería estudiar Musicología, y me cambié al doble grado de Filosofía y Musicología. Quería que parte de mi futuro profesional tuviera que ver con la música. Fue como un choque: lo había dejado pensando que lo hacía por inercia, porque lo hacía desde pequeña, y de repente me di cuenta de que no, de que es que me encanta. Y hacerlo sola tiene también algo de esa parte individual de los 18 años, cuando piensas que nadie va a entender jamás lo que quieres.
Algunas canciones del disco vienen de esa época, ¿no? Recuerdo haber escuchado una primera demo de “Rascacielos” hace casi cuatro años
Sí, hay varias canciones que vienen de esa primera época. Y eso también responde a por qué empecé sola: un motor fundamental fue que Guille, un amigo, me dio la oportunidad de tocar en un ciclo de conciertos que montaba con unos amigos, Siempre. Me insistió en que le pasara canciones, que se las quería enseñar a los de Siempre. De repente, al tener la presión de un concierto me activé muchísimo. Fue cien por cien gracias a ese momento. Siempre he pensado que aquel concierto salió fatal, pero da igual: monté las canciones por eso. De las de aquel entonces entonces quedan en el disco “Rascacielos” y “Belleza y lágrimas”, que ya estaba medio viva. Creo que “Punto cero” ya existía, aunque no la tenía montada, y “Quién eres” llegó poco después.
Me ha gustado tardar tanto en hacer el disco, porque me ha dado tiempo para ir descartando canciones que no sentía mías. Ver que una canción como “Rascacielos” seguía funcionando año y medio o dos años después me ha enseñado muchísimo a distinguir la música que quiero hacer de la que no. Al principio piensas que todo lo que haces vale, hasta que llegas al punto de ser capaz de decir que no a una canción aunque la gente te diga en los conciertos que le encanta. Eso lo he aprendido al esperar tres o cuatro años para sacar el disco.
¿Qué escuchabas cuando empezaste a hacer música sola? Para la nota de prensa me hablabas de las chicas del bedroom pop, toda esa explosión de justo antes, durante y después de la pandemia. ¿Qué buscabas a nivel sonoro?
En cuanto a lo que escuchaba te diría que principalmente a todas las chicas del bedroom pop. Estaba muy metida en Grace Ives, en Clairo, y luego me dio por Javiera Mena. Era ver a chicas jóvenes haciendo una música sin límites, que mezcla muchos géneros, en la que lo único que une las canciones es que son pop, cada una de un tipo distinto, y que lo hacen todo ellas.
También te digo que me costó mucho, y me sigue costando, decidir cómo quería sonar y a quién admiraba. Me acuerdo de una conversación con Fernando [Romero “from”, mezclador del disco] en la que me preguntó cuál era mi ídolo. Le dije que no tenía ninguno, y él insistía en que todos tenemos ídolos, que por ejemplo él de chaval quería ser Mac Demarco y así empezó a hacer música. Y yo le decía que en realidad nunca había querido ser nadie en concreto. Me costó encontrar el objetivo que tenía de verdad. Quizá por haber tenido tan naturalizada la creación musical desde pequeña, por haber vivido la música como una creación sin más, que ni siquiera tiene que tener una cara o una estética concreta. No
pensaba en esas cosas. Fue mucho después, cuando empecé a juntarme con todos la escena musical de aquí, cuando pensé que igual era interesante darle ese punto de vista a mi proyecto.
¿Qué sentiste al terminar una hit como “Rascacielos”? ¿Fue un momento de inflexión, de decir “vale, este es el discurso musical que quiero tener”?
Más bien fue lo contrario. No fue un “esto soy yo”. Estaba un poco harta de replantearme tantas veces quién era y cómo quería sonar, y decidí tirarme a la piscina, un poco aconsejada por Samuel (de Presa), que me decía que todo es un proceso de ensayo y error. No estaba segura al cien por cien de que eso fuera lo que quería hacer, pero me di cuenta de que nunca lo iba a estar si seguía guardándome toda la música para mí sola. “Rascacielos” fue una toma de tierra, un primer intento de saber cómo quería sonar. No se ha convertido en mi canción de referencia, ni siquiera es mi favorita. Pero fue una decisión que me hizo sentirme segura de lo que hacía: la lancé y ya está, y a partir de ahí siento que puedo seguir cambiando de sonido de manera casi ilimitada.
Recuerdo cómo en aquellos primeros conciertos lo hacías todo sobre el escenario: ibas construyendo las canciones en directo a base de bucles, capa a capa, sin pregrabados ni samples. ¿Qué te llevó a abandonar esa forma de encarar el directo y las canciones?
Si me preguntan qué es lo que más ha marcado el disco, es el aprender a lanzar loops en directo. Yo no tenía muy claro cómo iba a ser mi proceso de escribir, componer o producir hasta que me autoencasillé en la necesidad de hacerlo todo yo en directo, de tocar yo todos los instrumentos. Era una especie de ejercicio de ego, de “puedo hacerlo, así que lo voy a hacer”, y a la vez una suerte de reto personal. Lo que voy a decir es un poco hot take, pero creo que cuando los artistas empezamos a sacar nuestra propia música, cuando dejamos de ser estudiantes para ser alguien que hace música, nos olvidamos de ensayar, de seguir aprendiendo el instrumento y el oficio. Y para mi el loop fue una manera de obligarme a seguir estudiando. Era muy consciente de que no sabía tanta música como aspiraba a saber, y al aprender a crear y manipular loops en directo sentí que la dominaba de verdad. Tenía que ensayar muchísimo, todas las tomas tenían que ser perfectas, y los conciertos eran casi un recital de todos los instrumentos que sabía tocar a la vez. Era un examen constante y bastante duro hacia mí misma.
Lo dejé porque llegué a sentir que lo tenía dominado, que se me estaba quedando pequeño y que ya no aprendía, sino que me autolimitaba. Ese aprendizaje al estilo espartano, de tener que hacerlo todo perfecto, había dejado de ser una fuente de inspiración. Y, sobre todo, se me empezó a hacer aburrido ir sola. Echaba muchísimo de menos tener a alguien conmigo en el escenario. Siempre me ha parecido que ser la única que se lleva todo el foco es bastante negativo para cualquiera, sea artista o no. Viene bien repartirlo, sentir que no eres tan importante, que dependes de otra gente, saber trabajar en equipo. Así que llegó un momento en el que pensé: esto ya me ha servido para lo que necesitaba, ya me ha dado la confianza de que controlo la música que hago; ahora voy a meter a más gente, voy a soltarme y a disfrutar de verdad, que no sea solo aprendizaje.
Cuando decidiste volver a tocar acompañada, no montaste una banda de rock de especialistas en sus instrumentos, sino algo menos virtuoso, rodeada de gente muy cercana a nivel personal. ¿La amistad es uno de los centros del proyecto?
Sí, es una de las grandes claves para mi. De hecho, no sé trabajar de otra manera. Todas las veces que he intentado tocar con gente, se me hace muy extraño que no haya una relación de amistad más allá de eso. No soy capaz de entenderlo así. Y también es algo que defiendo, ese sentido de comunidad, incluso políticamente. Ahora lo siento como la base del proyecto: saber que las relaciones interpersonales son igual de importantes que el virtuosismo o la calidad técnica, incluso más. Eso también me hace revalorizar la música que hago. El virtuosismo no es lo principal; es más bien un intento de entender las relaciones interpersonales en general.
Hace un rato me contabas que, cuando te diste cuenta de que querías que la música formara parte de tu vida, decidiste estudiar a la vez Filosofía y Musicología. ¿Esos estudios han cambiado tu forma de hacer música?
Un montón, la verdad. Sobre todo cambió mi manera de ver la experimentación musical. Nunca había pensado que los géneros fueran algo que se pudiera estudiar, que se pudiera volver académico el pop, por así decirlo. Y luego están las técnicas: en Musicología aprendí muchísimo de síntesis, y eso me llevó a seguir tirando del hilo de los sintetizadores, aprendí algo de música concreta y de las ramas más experimentales de la música contemporánea y pensé: puedo incorporar esto a lo mío. Y creo que lo he hecho, estoy bastante contenta. De la filosofía, muchísimo también. Casi todo lo que pienso ahora sobre cómo tomarme la música y dedicarle tiempo se lo debo en gran parte a la filosofía. Y la mitad de las letras son, en realidad, reflexiones filosóficas.
El proceso del disco ha sido largo y sé que diste muchas vueltas a cómo y con quién hacerlo. ¿Cómo le fuiste dando forma? ¿Cómo fue ese empuje final, la última grabación y después la mezcla con Fernando?
Fue bastante gracioso. Una especie de curva muy pronunciada. Empecé grabándolo todo yo, en casa, con equipo súper maquetero y experimentando muchísimo: esas fueron las primeras canciones que escuchasteis vosotros. Estaba muy a gusto con ese sonido, pero se me metió en la cabeza, no recuerdo si porque alguien me lo dijo o por mí misma, que tenía que producirlo con alguien que, entre comillas, supiese de verdad, alguien con experiencia que me dijera por dónde tirar. Siempre que había grabado, también con Las Eléctricas, había habido alguien que sabía más que yo, alguien que se dedicaba a grabar y producir. Así que tenía la sensación de que tenía que aparecer un productor o una productora, como mínimo, para ayudarme.
Lo probé con bastante gente y nunca acababa de sentirlo mío. Después de un par de fiascos, la última vez que me quedé sin esa ayuda en la producción, pensé: espera, espera, espera. Fue como cuando te deja alguien y dices «pero si a mí tampoco me gustaba, si estoy genial sola». Esa sensación de estar mejor sola venía, obviamente, de todo lo que había aprendido con la gente por la que fueron pasando mis canciones, una tras otra, sumado a lo que había aprendido grabando de pequeña. Pensé que podía hacerlo yo sola, y me encantó. Fue una experiencia muy enriquecedora, eso de estar encerrada, que de hecho me gusta bastante.
Y luego, el proceso de enseñárselo a Fernando fue genial porque de repente tienes alguien que escuche lo que haces. Y Fernando no es el típico que te dice todo está genial y ya está, ni que te da su opinión: él curra con ello y punto. No sé si eso significa que para él las canciones estaban bien o no. Pero sí que llega un momento en el que dices: vale, ya no le puedo dar más vueltas ni seguir comiéndome la cabeza sobre si esto está bien o mal, o si merece salir. He decidido que sí y se acabó.
En algunas canciones, pienso en «Caigo contigo», se filtra una influencia casi del funk o del R&B. En una música española, y un pop, tan tradicionalmente blancos… ¿cómo es tu relación con la música negra, con toda la herencia afroamericana?
En el fondo me da bastante pánico, justo por lo que dices. En España, en cuanto te sales de un ritmo de subdivisión binaria, te dicen «bueno, bueno, bueno, ¿qué haces?». Y lo entiendo, porque es cierto que en castellano a veces suena un poco extraño meter este tipo de música. Pero a la vez me apetecía mucho pasármelo bien, y creo que eso solo se consigue con ritmos más sincopados, más groovies, que no te permite esa herencia más blanca, más binaria. Así que me apetecía explorarlo. Mi padre, por decirlo así, solo escucha música de raíz afroamericana, y esa es un poco la herencia que me ha dejado. Me encantaría poder darle más vueltas y decir que tiene una historia detrás, pero la verdad es que me da un poco de vergüenza: no sé si me siento con la potestad de hacer un ritmo funk. Y a la vez me parece tan divertido que he querido explorarlo. Puede salir fatal, perfectamente; puede ser horrible, perfectamente. Pero es muy divertido.
Escuchando el disco, da la sensación de que reconoce un cambio de etapa, de que algo cambia. ¿Es un disco de cierre, personal y musical?
Creo que tienes toda la razón. Cada canción del disco ha sido una especie de acercamiento a un género, o más bien a un subgénero. Una experimentación de verdad para ver con qué me siento más segura, en lugar de hacer un disco de un género muy concreto. Sé que muchas veces eso da la sensación de popurrí sin sentido, pero para mí estas canciones están bastante unidas entre sí. Lo que más las une es esa experimentación, el descubrimiento de lo que son la producción y los instrumentos electrónicos, y de lo que es grabar y sacar un disco a secas. Pero, sobre todo, explorar y jugar muchísimo con el sonido. Es un poco decir: vale, este es mi abanico. Para lo próximo que haga, ahora sé bastante bien qué sonido quiero tener, uno mucho más específico. Y tengo bastantes ganas.
