PABLO Y LOS CIERVOS DORADOS

A veces lo único que importa son las canciones. Y las canciones de Pablo y los Ciervos Dorados tienen algo distinto a todo lo que nos rodea. En un mar de música genérica, las canciones de este trío pontevedrés son un ancla a la que aferrarse. Parten del folk rock y del slowcore, de Red House Painters, de Lisa Germano o de MJ Lenderman, pero lo llevan a otro lugar. Porque sus canciones son a la vez expresivas y totalmente libres, a veces desmesuradas en su duración, a veces simples bosquejos de canción, pero siempre emocionantes.

Nacidos al calor del legendario espacio DIY que es, ha sido y será el Liceo Mutante, los Ciervos Dorados han tenido distintas iteraciones y han probado distintos géneros, educándose musicalmente alrededor del post-rock y de la electrónica experimental. Es en esta última forma en la que las canciones de Pablo han terminado aterrizando en lo intimista y en lo narrativo, funcionando como una suerte de practicante victorioso de una forma de canción de autor poco habitual en la música española: la de los hijos (nietos ya) de Neil Young: ese folk impulsivo, entre lo emocional y lo violento. Y es que el gran mérito de estas canciones es la capacidad de convertir lo cotidiano en épico, de ser absolutamente sinceras y de funcionar a un nivel emocional muy profundo.

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